Marcar límites a los niños con inteligencia emocional



Marcar límites a los niños implica que comprendan y acaten ciertas normas de conducta de cara a evitar peligros, conocerse mejor y poder convivir con otras personas, sin renunciar a su propia identidad.

Pero muchas veces confundimos marcar límites con decir “No” a casi todo.

No hagas

No toques

No puedes

No debes

También, algunas personas creen que marcar límites es indicarles en todo momento a los niños cuándo y cómo deben hacer algo y qué deberían pensar o sentir al respecto.

Como si marcar límites fuese como un cerco para meter al niño dentro y que así viva tranquilo y seguro…pero nada más lejos de la realidad.

El niño frente a los límites

Pongámonos por un momento en la piel de un niño. Los niños tienen que acatar varias normas que les ponemos diferentes adultos y acumulan al cabo del día varias decenas de “no” al día.

Antes de los tres años los niños viven en una especie de “eterno presente” y les es difícil la idea de aplazar las satisfacciones “Lo quiero ahora” después, no me vale.

Los niños todavía no son capaces de controlar sus emociones todo lo que quisieran, así que, el poner un límite a un niño que está cansado o sensible, puede desembocar en un ataque incontrolable de rabia, como una pataleta.

A partir de los tres años, los niños comienzan a desarrollar el sentido de la autoafirmación, es decir, empiezan a determinar por sí mismos lo que pueden hacer y lo que no. Les gusta probar y trasgredir los límites que les imponemos.

Poder pensar por sí mismos y tomar decisiones, es algo que les atrae por un lado, pero les aterra por otro, pues temen perder el cariño de los padres.

El pasar los límites es algo necesario para poder ir definiendo su identidad

¿Cómo podemos Marcar unos límites firmes y a la vez respetuosos para nuestros hijos?

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Marcar límites con inteligencia emocional:

La inteligencia emocional toma en cuenta no sólo los resultados deseados de la conducta, también toma en cuenta lo que piensa y siente el niño en su interior y que existe una coherencia entre lo que siente y cómo actúa.

Para ello, considero que hacen falta cuatro ingredientes básicos:

Pocas reglas, pero bien claras

Tenemos que reflexionar concienzudamente si realmente son necesarias tantas normas, tantas prohibiciones.

Como padres, tendríamos que presentar el mundo como algo atractivo, lleno de retos y desafíos de los que serán capaces de salir airosos, no como un sitio lleno de peligros y de prohibiciones.

Por supuesto que los niños tienen que aprender a lidiar con obstáculos y con respuestas negativas a sus deseos, es parte de su aprendizaje, pero la próxima vez que te salga de manera casi automática el “no” reflexiona

¿Esta regla es realmente tan importante para mí? ¿Qué pasaría si lo permito?

El criterio para mantener unos límites claros y sensatos sería:

Las normas mínimas indispensables, la máxima libertad posible.

Para ello, es preciso tener claro cuáles son los pilares de nuestro modelo de educación, el cuál sería inamovible y ser flexible, con el resto.

 

Está permitido expresar las emociones, incluso las negativas

Que las cosas no salgan como uno quiere, que no se le permita hacer algo que desea, es algo que enfada. Los niños pueden quejarse verbalmente, pueden llorar, pueden incluso tener una pataleta.. pero aquellos que tienen libertad de expresar lo que les pasa, sin ser reprimidos o humillados, es más fácil que con el tiempo aprendan a aceptar los contratiempos y las frustraciones de la vida.

Como padres, podemos acompañar, consolar, escuchar, sin criticar o dar nuestra opinión al respecto.

Una vez se mitigue el torbellino, podemos aprender o sacar alguna conclusión al respecto.

Cuando damos largos sermones acerca de lo inapropiado de su conducta o les castigamos, lo más seguro es que el niño termine por guardarse para sí lo que le pasa.

Cuanto más acumule el niño frustración, más probable es que derive en agresividad.

 

Las pocas normas deben der ser firmes, constantes y consistentes

Todos conocemos casos de padres que están constantemente vigilando y poniendo límites al niño, hasta que llega un punto que el niño “desconecta” y deja de escuchar y obedecer, el niño aprendió que es imposible agradar a los padres.

También casos de padres que son demasiado flexibles con las normas y terminan siempre cediendo ante las peticiones del niño. El niño ha aprendido a manipular a los padres.

Por ello la insistencia en que sean pocas las normas, pero cuando decimos algo, que el niño sepa enseguida que es en serio y que es importante.

Cuanto más consecuentes y más constantes, más fácil es de aprender para los niños.

Las rutinas y fomentar hábitos y es lo que más ayuda a los niños a poder hacer cosas que a pesar de que no les gustan, es necesario hacerlas.

 

Las reglas deben de conducir a largo plazo a la responsabilidad y la autodisciplina

No ponemos límites a los niños sólo para que aprendan a ser obedientes. Lo ideal es que con el paso del tiempo hagan suyo el aprendizaje y no necesiten quien les ordene hacer algo o quien les ponga un castigo si no lo cumplen, se trata de hacer las cosas porque algo en su interior les indica que es lo mejor para ellos, eso es parte de aprender a ser responsable y al mismo tiempo, respetar su propia identidad.

Tener capacidad de identificar lo que sienten cuando están frustrados, expresarlo de manera asertiva, reflexionar y actuar de acuerdo a su voz interna, sería el objetivo de Marcar límites a los niños con inteligencia emocional.

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© 2016 Marcar límites con inteligencia emocional. escuela de padres. Educapeques

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Angel Sanchez Fuentes

Porque los niños, cuando nacen, no vienen con un libro de intrucciones debajo del brazo, creé este rincón para ayudar a los niños, padres y docentes en el dificil pero maravilloso mundo de la educación.

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