El teléfono que esperaba doce respuestas

Nora sostiene un móvil rodeada de símbolos de mensajes, privacidad y preguntas en el cuento El teléfono que esperaba doce respuestas

Cuento para niños y niñas de 9 a 13 años sobre privacidad, mensajes, información dudosa, autocontrol y cómo pedir ayuda.

Nora llevaba tres meses haciendo la misma pregunta.

—¿Cuándo voy a tener móvil?

A veces la hacía durante la cena. Otras, camino del colegio. Los sábados podía aparecer incluso antes del desayuno.

Su madre había probado todas las respuestas conocidas.

«Ya veremos».

«No tengas tanta prisa».

«Cuando llegue el momento».

Su padre utilizaba otra que a Nora le parecía especialmente desesperante:

—Tener un móvil es fácil. Saber qué hacer con él es otra cosa.

Nora no entendía qué podía tener de complicado.

Sabía hacer fotos. Sabía buscar vídeos. Sabía mandar audios, usar emojis y escribir muchísimo más rápido que su padre con los dos pulgares.

¿Qué más había que saber?

La respuesta llegó un sábado por la mañana.

Sobre la mesa de la cocina había una caja rectangular envuelta en papel azul.

Nora se quedó quieta.

—No puede ser.

Su madre sonrió.

—Ábrela.

Nora arrancó el papel, levantó la tapa y allí estaba.

Su teléfono.

Nuevo.

Negro.

Brillante.

Perfecto.

Lo sostuvo como si alguien acabara de entregarle una entrada para viajar a otro planeta.

—¿Ya puedo encenderlo?

—Claro.

Pulsó el botón lateral.

La pantalla se iluminó.

Pero no apareció ningún menú.

Tampoco pidió el PIN.

Sobre un fondo blanco apareció una frase:

ANTES DE EMPEZAR, NECESITO DOCE RESPUESTAS.

Nora levantó la cabeza.

—¿Qué es esto?

Su padre fingió una sorpresa bastante poco convincente.

—Parece que tu teléfono quiere conocerte.

—Papá…

—Sigue.

Debajo apareció otra frase:

PUEDES EQUIVOCARTE. PUEDES CAMBIAR DE OPINIÓN. PUEDES PEDIR AYUDA.

Eso le gustó algo más.

Nora pulsó «Empezar».


Primera respuesta

La pantalla mostró una fotografía ficticia de cuatro amigos después de un partido.

Tres miraban a cámara.

El cuarto estaba detrás, haciendo una mueca.

La foto te encanta. ¿La publicarías?

Nora pensó unos segundos.

—Sí… Bueno. Espera.

Amplió la imagen.

—Yo salgo bien, pero ellos también salen.

Tecleó:

«Primero les preguntaría si quieren que la publique».

El teléfono vibró una vez.

RESPUESTA GUARDADA.

—Fácil —dijo Nora.


Segunda respuesta

Apareció un mensaje.

Mara: «Pásame la contraseña de tu móvil. Por si algún día la necesitas y no te acuerdas».

Mara era el nombre de su mejor amiga de verdad.

Nora miró a sus padres.

—Habéis puesto nombres de mi clase.

—Casualidad —dijo su padre.

Nora resopló y escribió:

«No. Una contraseña no deja de ser privada porque quien la pida sea amigo».

El móvil volvió a vibrar.


Tercera respuesta

Esta vez apareció un aviso brillante:

¡ENHORABUENA! HAS GANADO UN PATINETE ELÉCTRICO. PULSA AQUÍ ANTES DE 60 SEGUNDOS.

Debajo había una cuenta atrás.

—Eso es trampa.

—¿Por qué? —preguntó su madre.

—Porque intentan que no te dé tiempo a pensar.

El contador siguió bajando.

Nora no tocó el enlace.

Escribió:

«No entraría. Comprobaría de dónde viene y se lo enseñaría a un adulto si tengo dudas».

La cuenta atrás desapareció.


Cuarta respuesta

La siguiente escena parecía menos peligrosa.

Eran las ocho y media de la tarde.

El grupo de clase tenía veintisiete mensajes nuevos.

Leo: «¿Dónde estás?»

Mara: «Noraaaaaaa».

Leo: «Contesta».

Mara: «¿¿¿¿¿¿¿¿???????»

La pregunta decía:

¿Tienes que responder ahora?

—Pues…

Nora comenzó a escribir «sí».

Se detuvo.

Borró.

—Depende.

—Esa respuesta no cabe en un botón —dijo su padre.

—Por eso estoy escribiendo.

Terminó:

«Si no es una emergencia, pueden esperar. Que alguien quiera una respuesta ya no significa que yo tenga que darla ya».

Su padre no dijo nada, pero sonrió.


Quinta respuesta

Una conversación privada apareció en pantalla.

Alguien había contado un problema familiar a otra persona.

Después aparecía una pregunta:

Tu amigo te manda una captura de esta conversación porque le parece increíble. ¿La reenvías a otra persona?

Nora respondió casi inmediatamente.

«No. Que alguien me enseñe una conversación privada no me da permiso para repartirla».

El móvil guardó la respuesta.

Nora empezó a mirar aquel juego de otra manera.

No parecía un examen sobre botones.

Parecía un examen sobre personas.


Sexta respuesta

La pantalla mostró una imagen con letras enormes:

ÚLTIMA HORA. MAÑANA NO HAY CLASE. COMPÁRTELO.

Debajo se veía el logotipo del colegio, aunque un poco borroso.

—¡Ojalá esta fuera de verdad! —dijo Nora.

La pregunta apareció:

Tu grupo empieza a celebrarlo. ¿Qué haces?

—Buscar la web del colegio.

Pensó un momento.

—O preguntar en el canal oficial. Pero no lo mando solo porque tenga un logotipo.

Escribió:

«Antes de compartirlo, comprobaría quién lo publica y buscaría la información en una fuente fiable».

El teléfono vibró.

Seis.

La mitad.

Nora comprueba una información recibida en el móvil antes de compartir una noticia dudosa

Séptima respuesta

Una aplicación de linterna pedía permiso para conocer la ubicación del teléfono en todo momento.

Nora soltó una carcajada.

—¿Para qué quiere una linterna saber dónde estoy?

Su madre se encogió de hombros.

—Eso mismo tendrás que preguntarte otras veces.

Nora escribió:

«No aceptaría permisos que no parezcan necesarios para lo que hace la aplicación».

Esta vez el móvil mostró algo nuevo:

BUENA PREGUNTA: “¿PARA QUÉ NECESITA ESTO?”

Nora sonrió.

—Ahora empieza a caerme bien.


Octava respuesta

La sonrisa duró poco.

Apareció un grupo de clase ficticio.

Alguien había compartido una fotografía retocada de una compañera.

Debajo comenzaron a llegar emojis de risa.

Después, mensajes.

«Qué cara».

«Pasadla a sexto B».

«Jajajaja».

El teléfono preguntó:

Nadie te ha insultado a ti. ¿Es asunto tuyo?

Nora tardó más que en las anteriores.

—Qué pregunta más mala.

—Las preguntas no siempre son cómodas —dijo su madre.

Nora miró otra vez la pantalla.

Podía no hacer nada.

Podía poner otro emoji.

Podía pedir que dejaran de compartir la fotografía.

Podía escribir en privado a la compañera.

Podía contárselo a un adulto.

Finalmente escribió:

«No la reenviaría ni me sumaría a las burlas. Intentaría apoyar a la persona y pediría ayuda a un adulto si la situación continúa o es grave».

Antes de guardar añadió otra frase:

«No hacer daño también depende de lo que decides no compartir».

Nora decide no reenviar una imagen compartida para burlarse de una compañera en un grupo de mensajes

Novena respuesta

Eran las 23:47.

Al menos, eso decía la pantalla.

Un mensaje:

Mara: «¿Estás despierta?»

Otro.

Mara: «Mira este vídeo».

Otro.

Mara: «Solo dura un minuto».

Después otro vídeo.

Y otro.

Y otro.

La pregunta fue muy corta:

¿Cuándo termina un minuto?

Nora se echó a reír.

—Eso lo sé. Nunca.

—Entonces responde.

Nora escribió:

«Puedo decidir parar aunque haya mensajes nuevos. Mañana seguirán ahí».

Guardó la respuesta.

Nueve.


Décima respuesta

La siguiente pantalla parecía sencilla.

Mostraba una noticia:

AVISO URGENTE: UN ANIMAL PELIGROSO HA ESCAPADO CERCA DEL PARQUE. AVISA A TODOS TUS CONTACTOS.

Había una fotografía borrosa y un texto lleno de mayúsculas.

Nora pensó en su amiga Mara, que sacaba a pasear a su perro por aquel parque.

Sin pensarlo demasiado pulsó:

COMPARTIR.

La pantalla se quedó quieta.

Después preguntó:

¿QUIERES MANTENER TU RESPUESTA?

Nora frunció el ceño.

—Sí. Por si acaso.

Apareció otra pregunta.

¿QUÉ HAS COMPROBADO?

Nora no respondió.

Miró la foto.

Miró el supuesto nombre del periódico.

No había enlace.

No había fecha.

No aparecía ningún organismo oficial.

—Nada —admitió.

El teléfono mostró dos botones:

MANTENER RESPUESTA

CAMBIAR RESPUESTA

Nora eligió el segundo.

Escribió:

«Primero comprobaría si la noticia es real. Compartir algo falso “por si acaso” también puede causar problemas».

El teléfono vibró.

Pero esta vez Nora no celebró haber acertado.

—He picado.

Su padre negó con la cabeza.

—Has hecho algo mejor.

—¿Qué?

—Cambiar de opinión cuando has encontrado una razón.

Nora miró otra vez la pantalla.

Le gustó aquella respuesta.


Undécima respuesta

Apareció un perfil que Nora no conocía.

Desconocido: «Hola. Pareces simpática».

Después:

«¿Cuántos años tienes?»

Después:

«Mándame una foto. Pero no se lo cuentes a nadie. Es una tontería».

Nora dejó el teléfono encima de la mesa.

—Esa no me gusta.

Su madre tampoco sonreía.

—No tienes que resolverla sola.

Nora volvió a coger el móvil.

Escribió despacio:

«No enviaría nada. Dejaría de responder, bloquearía o reportaría la cuenta y se lo contaría a un adulto de confianza».

Añadió:

«Si alguien me pide que esconda una conversación que me incomoda, eso es precisamente una razón para pedir ayuda».

El teléfono vibró.

Once.

Solo quedaba una.


Duodécima respuesta

La última situación no parecía un ejercicio.

Parecía un mensaje real.

Mara: «Nora, necesito ayuda».

Nora se inclinó hacia la pantalla.

Mara: «Han compartido un vídeo mío en un grupo».

Otro mensaje.

Mara: «Se están riendo».

Y otro.

Mara: «No se lo digas a nadie, por favor».

La pregunta apareció debajo:

Mara te ha pedido guardar el secreto. ¿Qué haces?

Nora no escribió.

Había prometido cientos de veces guardar secretos.

Regalos.

Sorpresas.

La persona que le gustaba a alguien.

Alguna nota de un examen.

Pero aquello era distinto.

—Si se lo cuento a alguien, Mara puede enfadarse conmigo.

Nadie respondió por ella.

Nora volvió a leer los mensajes.

«Necesito ayuda».

Eso había escrito primero.

Necesito ayuda.

No «necesito que guardes un secreto».

Nora comenzó a teclear.

«Le diría que estoy con ella y que no tiene que resolverlo sola. Buscaríamos juntos a un adulto que pueda ayudarnos».

Se detuvo.

Añadió:

«No prometería guardar un secreto si mantenerlo puede dejarla sola con un problema».

Nora acompaña a Mara y busca la ayuda de un adulto después de que hayan compartido un vídeo sin permiso

Pulsó guardar.

La pantalla se apagó.

—¿Lo he roto?

Su padre negó con la cabeza.

Pasaron dos segundos.

Tres.

Cinco.

Entonces el móvil volvió a encenderse.

Doce pequeños círculos aparecieron en la pantalla.

Uno tras otro fueron iluminándose.

Hasta completar la fila.

Y debajo apareció el mensaje:

DOCE RESPUESTAS RECIBIDAS.

Nora sonrió.

Por fin.

Pero todavía apareció una última frase.

NO NECESITAS TENER SIEMPRE LA RESPUESTA CORRECTA.

Después otra.

NECESITAS SABER CUÁNDO PARAR, CUÁNDO COMPROBAR Y CUÁNDO PEDIR AYUDA.

Y una última:

PREPARADA NO SIGNIFICA SOLA.

La pantalla de inicio apareció por primera vez.

Nora soltó un grito.

—¡Ya funciona!

Enseguida empezaron a llegar notificaciones.

Una.

Cinco.

Doce.

Veintitrés.

Treinta y una.

El grupo de clase llevaba toda la mañana hablando.

Nora levantó el móvil.

Miró los mensajes.

Después miró por la ventana.

Mara y Leo acababan de llegar a la plaza y le hacían gestos desde abajo.

El teléfono volvió a vibrar.

Nora pulsó el botón lateral.

La pantalla se apagó.

—¿No vas a responder? —preguntó su padre.

Nora se metió el teléfono en el bolsillo.

—Luego.

Y bajó corriendo las escaleras.

El teléfono había esperado doce respuestas.

Nora acababa de descubrir que ella no tenía por qué hacer lo mismo.

Nora deja el móvil y sale con sus amigos junto al mensaje Preparada no significa sola

Qué nos enseña este cuento

La autonomía digital no consiste en saber utilizar todas las funciones de un teléfono. También supone aprender a tomar decisiones cuando nadie está indicando exactamente qué botón hay que pulsar.

Nora descubre que una fotografía puede afectar a otra persona, que una noticia llamativa puede ser falsa, que los mensajes pueden esperar y que cambiar de opinión después de comprobar algo no es un fracaso.

La idea más importante aparece en la última situación: pedir ayuda también es una forma de autonomía. Crecer no significa encargarse de todos los problemas a solas.


Para hablar después de leer

  1. ¿En qué situación tarda más Nora en decidir? ¿Por qué?
  2. ¿Por qué compartir una captura privada puede ser un problema aunque tú no hayas escrito la conversación?
  3. ¿Qué diferencia hay entre un mensaje urgente y un mensaje que nos hace sentir que debemos responder urgentemente?
  4. ¿Qué pistas hacen sospechar a Nora de la noticia sobre el animal escapado?
  5. ¿Por qué cambia su respuesta? ¿Cambiar de opinión significa haberse equivocado o haber aprendido algo?
  6. ¿En qué situaciones del cuento crees que Nora puede decidir sola y en cuáles conviene pedir ayuda?
  7. ¿Por qué el secreto de Mara es diferente de guardar una sorpresa?
  8. ¿Qué significa para ti la frase «Preparada no significa sola»?

Actividad de aula o en familia: Paro, compruebo o pido ayuda

Después de leer el cuento, se pueden recuperar las doce situaciones y clasificarlas en tres grupos: aquellas que el niño puede resolver deteniéndose antes de actuar, aquellas en las que necesita comprobar información y aquellas en las que debe buscar ayuda.

Una misma situación puede pertenecer a más de un grupo. Ese desacuerdo es parte de la actividad: lo interesante es explicar por qué se ha elegido cada respuesta.

Para terminar, cada alumno puede inventar una situación número trece. Después se intercambian las tarjetas y el grupo decide qué haría, qué necesitaría comprobar y a quién podría acudir si tuviera dudas.

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© 2026 ▷ Educapeques ➡➤ El teléfono que esperaba doce respuestas. Cuento sobre privacidad, mensajes, información dudosa, autocontrol y cómo pedir ayuda. ✏️ Ángel Sánchez Fuentes | Docente y creador de blogs educativos

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